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Apropiarse de la libertad, por Ricardo Calleja

10 Nov 2021

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“Si he decidido escribir este libro es porque soy poeta, amo a mi patria y amo a Cervantes. Mi vocación vital es ser poeta” (pág. 92). Esta intimidad, que nos confiesa Luis Rosales a mitad de su ensayo, no nos descubre nada nuevo sobre él, a poco que sepamos de su obra. En todo caso, para cuando uno llega a esa página aun sin saber nada, ya sospecha todo aquello. Por otro lado, la declaración es en sí misma redundante: un poeta ama su lengua y, por lo tanto –si procede de España– a su patria y –filioque– a Cervantes.

Pero esa revelación nos dice algo crucial sobre este libro que quizá le gane algunos lectores dubitativos. Porque es algo que el título mismo podría ocultarnos. Y es que esta Teoría de la libertad no es ninguna obra académica sistemática, no es una monografía o un tratado filosófico al uso.

Es conocida la opción que hizo Rosales por la poesía total “donde se mezclen los géneros lírico, narrativo y dramático, se crucen las corrientes clásica y surrealista, lo objetivo y lo subjetivo se fusione y la expresión sea a la vez coloquial y filosófica, tal como se había pro- puesto en el manifiesto publicado en 1949 en la revista Espadaña” (del prólogo de Enrique García-Máiquez a su antología poética). Algo análogo realiza aquí el poeta granadino con este ensayo total donde encontramos, sí, filosofía (antropología, ética), psicología, teología e incluso trazas de una incipiente filosofía política. Hay, así, diálogo con otros pensadores, pero también una constante inspira- ción en la literatura castellana (con frecuentes referencias también a la poesía norteamericana), pero no solo para ejemplificar o embellecer las ideas, sino como fuentes primarias de intuiciones filosóficas. Y encontramos también confesiones personales y metanarrativas, y diagnósticos de la actualidad social y cultural. Precisiones rigurosas junto a intuiciones brillantes apenas apuntadas. Y muchos pasajes de belleza y fuerza conmovedoras.

En este libro hay –sobre todo– vida. Pero con esto no quiero decir biografía, sino el empeño de Luis Rosales por vivir su existencia en plenitud, de modo auténtico, amoroso, fiel a la propia vocación de poeta. La vida de una persona que se toma la libertad en serio, dis- puesta a protagonizar su biografía apropiándose de cada instante. La vida de un poeta que busca palabras para comprenderse y para comunicarse. Palabras que no petrifiquen los conceptos, que no cosifiquen a la persona, que no clausuren la vida. Pero palabras termi- nantes, no expedientes para caprichos y arbitrariedades. Hay vida, y –no sorprenderá a quien conozca su poesía– esto significa que hay dolor, pero también esperanza.

“Toda mi vida, en lo que tiene de propiamente mía, se en- cuentra actualizada en este libro. La despedida de mi padre cuando vine a Madrid. Las amistades que no puedo olvidar porque me constituyen. Los años de trabajo, alumbramiento o esterilidad. La llamada de Dios que nos deja en la cruz, pero que nos enseña nuestro nombre. Y el dolor de recién nacer en todas las palabras que escribimos. La niñez como un túnel que nos lleva, con los ojos cerrados, a la vida; la juventud robusta y engañada, como decía Quevedo: ‘la madurez dolorosa, imprevista y diaria’. Todo ha dejado aquí su consecuencia, o, si se quiere, su quemadura. Todo me duele en este libro como llega a doler el espejo que nos muestra los ojos, y en los ojos el decaimiento progresivo de la mirada” (pág. 158).

Antes de seguir quiero aclarar un punto, por si cupiera alguna duda: este prólogo no es un estudio preliminar, que excedería mis co- nocimientos y capacidad. Tampoco es el prólogo que escribiría el an- fitrión o mayordomo de toda la vida, bien instalado en la propiedad, familiarizado con la historia y recovecos de una vivienda antigua. Soy solo un recién llegado, un adelantado, que ha tenido el privilegio de pasear por esta casa que por fuera parece oscura y algo avejentada pero muy pronto se revela encendida, íntimamente luminosa, aunque escenario de acontecimientos dolorosos.

En fin, que no soy Virgilio. Como la mayoría de los lectores, me he topado con Rosales nel mezzo del camin della mea vita. Y antes de entrar es muy importante que nos situemos con toda consciencia precisamente ahí: a mitad de nuestro camino, sin importar cuánto ha- yamos recorrido ya, mucho o poco. También –especialmente– si nos reconoceremos en esta descripción del abismo vital del que Rosales quiere escapar arrastrando con él al lector:

“La mayoría de las personas que conocemos son triviales; no están determinadas a vivir; no han oído o elegido su vocación. Actúan de una manera dispersa y mecánica; viven desintegrándose. En cada nuevo acto, en cada nueva decisión se alejan de sí misma si pierden el contacto con su centro vital. No tienen una línea de conducta. No saben lo que quieren, como dice con tan certera frase nuestro pueblo. Son gentes embargadas, ocasionales, sucedáneas y gratuitas. No parece que viven; parecen invitados a vivir” (pág. 111).

Estas páginas –revela el propio autor en alguno de sus guiños autobiográficos– fueron escritas en 1956, mientras trabajaba en su monumental estudio Cervantes y la libertad, que publicaría en 1960, y que fue reeditado en 1996 como volumen segundo de sus obras completas. Aunque pensó en incluir la Teoría como prólogo del estudio cervantino, finalmente “por consejo de Dionisio Ridruejo, convertí el prólogo… en libro aparte” (de su prólogo a la segunda edición de Cervantes y la libertad, pág. 34). “El prólogo –esta Teoría de la Libertad– tiene carácter teórico. Constituye su tema la experiencia personal de la libertad, o de manera más precisa, el proceso de apropiación personal de la libertad… No es un libro de crítica, sino un libro especulativo” (pág. 35, nota a pie). Pero solo fue publicado en 1972, y no ha sido reeditado desde entonces.

Pero yo llegué a esta Teoría como lector ingenuo, ignorando casi todo de Rosales. Lo hice por invitación de Álvaro Petit, que me confió su proyecto de reeditarlo con ese entusiasmo suyo sereno pero contagioso. Me envió el texto y me animó a colaborar en esta empresa.

Empecé la lectura con el prejuicio de que se trataba de una obra en algún sentido inconclusa: de ahí que fuera casi inédita, desconocida. Esto parecía confirmarse al encontrar desde el principio ese estilo tentativo, exploratorio, circular. Pensaba uno –y podría pasarle al lector– que el libro no acabaría de cerrarse: que sería una sucesión de fogonazos intelectuales, estéticos y existenciales. Una sinfonía inacabada. El perdonable fracaso de un poeta ante lo que Leibniz llamó “el laberinto de la libertad”. Un ensayo con la belleza sugerente del esbozo. Y es verdad que se nota en la escritura la tensión del autor, entre la incapacidad para agotar los temas y la tentación permanente del excursus, que despeja a cada rato con un giro del tipo “de esto habrá que hablar en otra ocasión”. Rosales perfila sus intuiciones, abre paréntesis, busca expresiones ajustadas, mientras plantea nuevas preguntas y vuelve sobre las anteriores.

Todo esto es resultado de una incapacidad, pero también es voluntad de estilo. “No quiero hacer obras demasiado perfectas –escribe en otro sitio–. En primer lugar, porque no creo que nadie pueda hacerlas. En segundo lugar, porque no me interesa la perfección” (de su prólogo a la segunda edición de Cervantes y la libertad, pág. 34).

Sin embargo, al avanzar la lectura comprueba uno que ese aire desvencijado no se contradice con una determinación insobornable de unidad, de coherencia, de acabamiento. Al final del día (quizá literalmente), nuestro poeta –con gesto de pequeño empresario responsable– cierra la contabilidad de su viaje a cada tramo, levantando acta de sus hallazgos y conclusiones. De modo que uno acaba comprendiendo que no: que lo que leemos no son unas notas apresuradas sin revisar, sino exactamente lo que quiso escribir, quizá evocando ese “estilo indeterminado” que atribuye a Cervantes. El autor quiere que le acompañemos en su búsqueda, con lo que tiene de tentativo, sin abalanzarnos apresuradamente sobre las conclusiones. Pero no nos niega la claridad de algunas certidumbres, aunque al tratarse de hallazgos sobre la libertad, se traducen necesariamente no en lugares de reposo sino en acicates para apropiarnos de nuestra propia existencia.


(*) Del Prólogo de Ricardo Calleja a Teoría de la Libertad. Ricardo Calleja es profesor, articulista y poeta. Su último libro es el poemario Lugares Comunes (Vitruvio, 2021)

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